Querida mamá:
Podrás imaginar que hoy es uno de los muchos y
difíciles días que me va a tocar vivir este mes. Nunca pensé que me iba a tocar
el día de la madre sin madre. Pero me ha llegado y ahora no sé cómo afrontarlo.
Una vez más te dejo la carta escrita de madrugada,
porque mañana a primera hora saldré con todas las mujeres que formamos la
familia y algunas amigas más a hacer la carrera contra el cáncer que han
organizado en el Ayuntamiento de Málaga. Lo que se dice correr, correr me da
que no voy a hacerlo. Pero por ti, por Pili y por todas las personas que pueden
algún día sufrir esta terrible enfermedad me debo a la carrera. Llevaré tu
camiseta, aquella que hice para toda la familia hace varias Navidades en la que
llevabas el número 1 y ponía mamá ¿la recuerdas? Pues esa me pondré, para
sentirte más cerca aún.
Creo que el mejor regalo que puedo ofrecerte hoy es
dejarte una parte de lo que espero sea pronto una realidad. “Querida mamá” se
está cociendo y el siguiente texto forma parte del prólogo. Espero que te guste
mamita.
Mi madre nació en un pueblo de Algeciras llamado Los
Barrios. Creció con humildad y viendo a su madre compartir, principalmente, en
tiempos de guerra la comida que tenían con las familias más pobres de su
pueblo.
Le encantaba el baile, la música y la gimnasia
deportiva. Su padre, un hombre de los de antes, le prohibió, llegada una edad,
que continuara lo que podía haber sido una carrera prometedora en el mundillo
de la interpretación musical. Conoció al que sería el único hombre de su vida
“Su Manolo”. Tenía 15 años y como ella misma nos dijo, sabía que sería la
persona con la que compartiría todo hasta el fin de sus días; así fue.
Cuando “Su Manolo” terminó la carrera de Medicina en
Granada, se casaron y se trasladaron a Málaga. Comenzaron a formar lo que sería
una gran familia, de manera literal. Diez hijos les dio su matrimonio. Desde el
3 de mayo de 1969 que nació Francisco, el primero de sus hijos, hasta el 24 de
mayo del 2012 que ella falleció, no dejó nunca de aprender cosas para poder
compartirlas con nosotros y ayudarnos a ser mejor. Ha sido una madre ejemplar,
sin ningún pero que poner en su vida. Todo lo que hizo, siempre lo hacía por
nuestro bien. Y nosotros lo sabíamos. La hemos visto siendo una gran hija,
madre, hermana, tía, suegra, amiga, madrina… una muy buena esposa y excelente
nuera.
Primero tuvo que aprender ser la mejor Auxiliar de
enfermería. Durante 17 años tuvo que hacer biberones cada día, controlar los
chupetes, limpiarnos la nariz y hacérnosla sonar cada vez que nos resfriábamos
hasta que nos enseñó a hacerlo, apropiarnos las cremas del cuerpo que mejor nos
convenía a cada uno y lavar a mano decenas de gasas diariamente, porque en
nuestros tiempos, no había pañales.
Después ascendió a enfermera. Las vacunas, fiebres y
enfermedades, muchas de ellas cogidas en grupo. Ella recordaba la famosa
varicela. Estábamos los nueve hermanos (el pequeño no había nacido aún) metidos
en la cama con las pintitas. Yo tan sólo tenía 40 días de vida. Ella lo
recordaba con preocupación. Yo me imagino la cantidad de botes de polvo de
talco que tendría que tener en su mesilla de noche para poder calmar el picor
de los nueve.
Luego fue la mujer vampiro. Se pasó 17 años sin
dormir una sola noche entera seguida.
Fue doctora cuando mi padre estaba de viaje. Supo
adivinar con la certeza, propia del mejor pediatra, qué teníamos cuando el
termómetro marcaba más de 37º. Sabía cuándo nos dolía un pie o un brazo, si era
grave o no.
La recuerdo desenvolverse con soltura con nuestras
cabezas. Con su bata azul de grandes bolsillos, en la izquierda la colonia, en
la derecha el cepillo. Según íbamos saliendo para el patio a coger el autobús
del colegio, nos iba peinando con la destreza y rapidez propia de la mejor
peluquera.
Nunca dejó de ser educadora. Comenzó con los
dientes, las manos, la higiene corporal, los modales en la mesa. Nos inculcó el
hablarle de usted a los mayores y de don a nuestros maestros. Nos influía sobre
nuestra dieta, la vestimenta, los que sí o no podíamos ver en la TV. Nos
aconsejaba sobre nuestros amigos; lo que teníamos que saber para ver si eran de
verdad. Nos advertía de las fiestas, las noches y las malas compañías. La
recuerdo dando lecciones de vida a mis hermanos antes de sus bodas. Siempre
supo qué era lo mejor para nosotros.
Durante años, fue maestra. Nos enseñó a leer, sumar
y restar, las tablas de multiplicar, las
provincias de España y sus límites con una canción que ella había aprendido de
pequeña, y nos enseñó a saber disfrutar
y divertirnos con sencillos juegos como el de “las palabras encadenadas”.
Fue animadora de fiestas. Todos nuestros amigos
recuerdan con especial cariño la celebración de nuestros cumpleaños y
comuniones en la casa. Ella se encargaba de que no faltara detalle ninguno para
que la fiesta en casa de los García-Paine fuesen populares.
Fue una gran modista. Combinaba nuestros armarios
para que la ropa fuese heredada de unos a otros, año tras año, pareciendo
siempre que estrenábamos conjunto.
Y Zapatera.
Con qué eficacia arreglaba las suelas, las puntas de los zapatos y los pintaba
para que nos durara todo un curso.
Fue la mejor chófer. Era capaz de meternos a los
diez en el seita para llevarnos a la
playa.
Otros de sus grandes trabajos fue el de Paje Real.
Tuvo la energía de ilusionarnos a todos y convertir el día 6 de enero en una
auténtica noche mágica. Nos complació cada año con una especie de ritual que
hacía que fuésemos los niños y después adultos, más felices del mundo. La tarde
anterior al día 6, íbamos todos juntos a ver la cabalgata, después a Misa y a
tomarnos una hamburguesa a un local que se llamaba “El Rosal”. Estaba situada
en el centro de Málaga. Al llegar a casa, los más pequeños nos metíamos en su
cama. Porque ella se quedaba a la espera de la llegada de sus Majestades los
Reyes. Por la mañana, casi antes de amanecer y ante la impaciencia de todos,
nos levantábamos para abrir nuestros regalos. Cada uno teníamos nuestro lugar.
Después el desayuno especial. Churros con Chocolate y rosco de reyes. Nunca lo
podremos olvidar. Por eso procuramos mantener vivo su “ritual”. Para que mis
sobrinos puedan disfrutar tanto como lo hicimos nosotros a sus edades.
Su mejor trabajo sin duda fue el de psicóloga. Sabía
cómo tratarnos a cada uno. Era capaz de saber llevar, nuestros miedos
interiores a la perfección. Como jóvenes que fuimos, muchas veces rechazamos
sus consejos, pero no hay hermano arrepentido de haberlo hecho alguna vez.
Siempre estaba en lo cierto. Prueba de ello, y se me pone los bellos de punta
al recordarlo, fue su último día con nosotros. Uno a uno fuimos entrando a su
habitación para mantener un momento a solas con ella y poder pedirle un último
consejo, unas últimas palabras que respondió con su silencio pero con la fuerza
de su corazón.
Mi madre nos entregó su amor y todo su tiempo sin esperar
que se lo agradeciéramos.
Siempre fuiste una gran madre y por eso ahora añoramos tu
presencia en nuestras vidas. No te olvidamos mamita. Te quiero con locura. No
me olvides. Ni a Pili.

No hay comentarios:
Publicar un comentario