sábado, 4 de mayo de 2013

5 de mayo: Día de la madre

Querida mamá:
Podrás imaginar que hoy es uno de los muchos y difíciles días que me va a tocar vivir este mes. Nunca pensé que me iba a tocar el día de la madre sin madre. Pero me ha llegado y ahora no sé cómo afrontarlo.
Una vez más te dejo la carta escrita de madrugada, porque mañana a primera hora saldré con todas las mujeres que formamos la familia y algunas amigas más a hacer la carrera contra el cáncer que han organizado en el Ayuntamiento de Málaga. Lo que se dice correr, correr me da que no voy a hacerlo. Pero por ti, por Pili y por todas las personas que pueden algún día sufrir esta terrible enfermedad me debo a la carrera. Llevaré tu camiseta, aquella que hice para toda la familia hace varias Navidades en la que llevabas el número 1 y ponía mamá ¿la recuerdas? Pues esa me pondré, para sentirte más cerca aún.
Creo que el mejor regalo que puedo ofrecerte hoy es dejarte una parte de lo que espero sea pronto una realidad. “Querida mamá” se está cociendo y el siguiente texto forma parte del prólogo. Espero que te guste mamita.
Mi madre nació en un pueblo de Algeciras llamado Los Barrios. Creció con humildad y viendo a su madre compartir, principalmente, en tiempos de guerra la comida que tenían con las familias más pobres de su pueblo.
Le encantaba el baile, la música y la gimnasia deportiva. Su padre, un hombre de los de antes, le prohibió, llegada una edad, que continuara lo que podía haber sido una carrera prometedora en el mundillo de la interpretación musical. Conoció al que sería el único hombre de su vida “Su Manolo”. Tenía 15 años y como ella misma nos dijo, sabía que sería la persona con la que compartiría todo hasta el fin de sus días; así fue.
Cuando “Su Manolo” terminó la carrera de Medicina en Granada, se casaron y se trasladaron a Málaga. Comenzaron a formar lo que sería una gran familia, de manera literal. Diez hijos les dio su matrimonio. Desde el 3 de mayo de 1969 que nació Francisco, el primero de sus hijos, hasta el 24 de mayo del 2012 que ella falleció, no dejó nunca de aprender cosas para poder compartirlas con nosotros y ayudarnos a ser mejor. Ha sido una madre ejemplar, sin ningún pero que poner en su vida. Todo lo que hizo, siempre lo hacía por nuestro bien. Y nosotros lo sabíamos. La hemos visto siendo una gran hija, madre, hermana, tía, suegra, amiga, madrina… una muy buena esposa y excelente nuera.
Primero tuvo que aprender ser la mejor Auxiliar de enfermería. Durante 17 años tuvo que hacer biberones cada día, controlar los chupetes, limpiarnos la nariz y hacérnosla sonar cada vez que nos resfriábamos hasta que nos enseñó a hacerlo, apropiarnos las cremas del cuerpo que mejor nos convenía a cada uno y lavar a mano decenas de gasas diariamente, porque en nuestros tiempos, no había pañales.
Después ascendió a enfermera. Las vacunas, fiebres y enfermedades, muchas de ellas cogidas en grupo. Ella recordaba la famosa varicela. Estábamos los nueve hermanos (el pequeño no había nacido aún) metidos en la cama con las pintitas. Yo tan sólo tenía 40 días de vida. Ella lo recordaba con preocupación. Yo me imagino la cantidad de botes de polvo de talco que tendría que tener en su mesilla de noche para poder calmar el picor de los nueve.
Luego fue la mujer vampiro. Se pasó 17 años sin dormir una sola noche entera seguida.  
Fue doctora cuando mi padre estaba de viaje. Supo adivinar con la certeza, propia del mejor pediatra, qué teníamos cuando el termómetro marcaba más de 37º. Sabía cuándo nos dolía un pie o un brazo, si era grave o no. 
La recuerdo desenvolverse con soltura con nuestras cabezas. Con su bata azul de grandes bolsillos, en la izquierda la colonia, en la derecha el cepillo. Según íbamos saliendo para el patio a coger el autobús del colegio, nos iba peinando con la destreza y rapidez propia de la mejor peluquera.
Nunca dejó de ser educadora. Comenzó con los dientes, las manos, la higiene corporal, los modales en la mesa. Nos inculcó el hablarle de usted a los mayores y de don a nuestros maestros. Nos influía sobre nuestra dieta, la vestimenta, los que sí o no podíamos ver en la TV. Nos aconsejaba sobre nuestros amigos; lo que teníamos que saber para ver si eran de verdad. Nos advertía de las fiestas, las noches y las malas compañías. La recuerdo dando lecciones de vida a mis hermanos antes de sus bodas. Siempre supo qué era lo mejor para nosotros.
Durante años, fue maestra. Nos enseñó a leer, sumar y restar,  las tablas de multiplicar, las provincias de España y sus límites con una canción que ella había aprendido de pequeña, y  nos enseñó a saber disfrutar y divertirnos con sencillos juegos como el de “las palabras encadenadas”.
Fue animadora de fiestas. Todos nuestros amigos recuerdan con especial cariño la celebración de nuestros cumpleaños y comuniones en la casa. Ella se encargaba de que no faltara detalle ninguno para que la fiesta en casa de los García-Paine fuesen populares.
Fue una gran modista. Combinaba nuestros armarios para que la ropa fuese heredada de unos a otros, año tras año, pareciendo siempre que estrenábamos conjunto.
 Y Zapatera. Con qué eficacia arreglaba las suelas, las puntas de los zapatos y los pintaba para que nos durara todo un curso.  
Fue la mejor chófer. Era capaz de meternos a los diez en el seita para llevarnos a la playa.
Otros de sus grandes trabajos fue el de Paje Real. Tuvo la energía de ilusionarnos a todos y convertir el día 6 de enero en una auténtica noche mágica. Nos complació cada año con una especie de ritual que hacía que fuésemos los niños y después adultos, más felices del mundo. La tarde anterior al día 6, íbamos todos juntos a ver la cabalgata, después a Misa y a tomarnos una hamburguesa a un local que se llamaba “El Rosal”. Estaba situada en el centro de Málaga. Al llegar a casa, los más pequeños nos metíamos en su cama. Porque ella se quedaba a la espera de la llegada de sus Majestades los Reyes. Por la mañana, casi antes de amanecer y ante la impaciencia de todos, nos levantábamos para abrir nuestros regalos. Cada uno teníamos nuestro lugar. Después el desayuno especial. Churros con Chocolate y rosco de reyes. Nunca lo podremos olvidar. Por eso procuramos mantener vivo su “ritual”. Para que mis sobrinos puedan disfrutar tanto como lo hicimos nosotros a sus edades.
Su mejor trabajo sin duda fue el de psicóloga. Sabía cómo tratarnos a cada uno. Era capaz de saber llevar, nuestros miedos interiores a la perfección. Como jóvenes que fuimos, muchas veces rechazamos sus consejos, pero no hay hermano arrepentido de haberlo hecho alguna vez. Siempre estaba en lo cierto. Prueba de ello, y se me pone los bellos de punta al recordarlo, fue su último día con nosotros. Uno a uno fuimos entrando a su habitación para mantener un momento a solas con ella y poder pedirle un último consejo, unas últimas palabras que respondió con su silencio pero con la fuerza de su corazón. 
Mi madre nos entregó su amor y todo su tiempo sin esperar que se lo agradeciéramos.
 
Siempre fuiste una gran madre y por eso ahora añoramos tu presencia en nuestras vidas. No te olvidamos mamita. Te quiero con locura. No me olvides. Ni a Pili.

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